En unión con María

María puede dar, mejor que san Pablo y que todos los otros santos, testimonio: «ya no vivo yo, sino que vive Cristo en mí» (Gal 2,20). María sabe, de hecho, lo que significa vivir en la comunión de la Santísima Trinidad: ella es hija del Padre, madre del Hijo y esposa del Espíritu.

María repite su «sí» en todas las etapas de su vida. «Entre las criaturas nadie mejor que Ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio (Juan Pablo II, Carta apostólica «El rosario de la Virgen María», n. 14). «[...] la mirada de la 'parturienta' [...] (cf. Jn 19, 26-27); en la mañana de Pascua será una mirada radiante por la alegría de la resurrección y, por fin, una mirada ardorosa por la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés (cf. Hch 1, 14)» (Ibid., n. 10). Rezar el rosario es todo eso, es tomar con María el camino de la fe.

En el capítulo primero del Evangelio de san Mateo, dice el ángel: «José, hijo de David, no tengas reparo en acoger a María como esposa tuya, pues lo que ha concebido es obra del Espíritu Santo» (Mt 1,20). Y en el penúltimo capítulo del cuarto Evangelio –el de san Juan– Jesús dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa» (Jn 19,26-27). ¿Se puede ser más explícito?