En unión con María


Evangelizar: «una obra de Lo Alto»


El sembrador habrá aprendido sobre todo a mirar bien su campo, a evaluar con precisión los obstáculos y los elementos favorables, a adaptar sus instrumentos. Este enorme trabajo es, sin duda, de gran utilidad.

Ahora bien, para que germine una buena cosecha, no bastan ni el conocimiento del terreno ni el dominio técnico. Todos los agricultores lo saben: la calidad de la cosecha depende, en primer lugar, del sol y de la lluvia, que vienen de Lo Alto. El que siembra para el Reino de Dios lo sabe también: la verdadera fecundidad no puede venir más que de Lo Alto. También aquí es, una vez más, Dios quien hace el terreno fértil y le da a la semilla la fuerza de germinar.

La evangelización es, por consiguiente, obra de la «fuerza de Lo Alto», del Espíritu Santo. Los apóstoles recibieron el Espíritu en el Cenáculo; fue él quien le dio a Pedro la fuerza para proclamar el Evangelio el día del primer Pentecostés. El Espíritu fue dado a los que estaban reunidos en el Cenáculo y fueron enviados a predicar, como Pedro. Así pues, aquellos y aquellas que quieran anunciar el Evangelio con fuerza por las calles de Jerusalén deben haber estado, antes, en el Cenáculo con María y haber recibido allí el fuego del Espíritu.

«Todos, unánimes, eran asiduos a la oración»


Cada vez que una comunidad creyente queda paralizada por la angustia, cada vez que está desorientada y desanimada, tiene que retirarse a la pieza de arriba, al Cenáculo, a ese lugar de intimidad donde Dios es reconocido, adorado, suplicado, agradecido. Es ahí donde la Iglesia recupera su unanimidad fundamental, cuando se encuentra reunida sin prisas en una oración ferviente. En unos tiempos en los que cada uno de nosotros tiene la tentación de montarse su propia estrategia, de encender su propio pequeño fuego de leña, tenemos que reunirnos para recibir justos el Fuego único de Pentecostés, el Espíritu que viene de Dios. Todo lo que la Iglesia emprende en vistas a la evangelización se arraiga en una oración asidua, paciente, perseverante. En una oración suficientemente prolongada, porque no se trata de orar sólo unos instantes antes o después de la acción: es preciso que nos dejemos «trabajar» por la oración. Es toda nuestra vida la que debe sumergirse en un clima de oración de adoración, de abandono y de acción de gracias.

En nuestras comunidades cristianas vivimos una serie de conflictos que intentamos superar, a menudo, a fuerza de discusiones.

Ignacio de Loyola recomendaba a sus hermanos jesuitas interrumpir la discusión y que se tomaran el tiempo necesario para orar juntos, media jornada o más. En efecto, lo importante no es saber cuál de las dos partes tiene razón, sino reconocer juntos la voluntad de Dios.

¡Por supuesto que la oración no puede resolver todos los problema! Por supuesto que no. Con todo, sigue siendo verdad que el «diálogo en la fe» entre hermanos es muy diferente de una discusión. Lo que cambia todo es el clima de escucha de lo que el mismo Dios nos quiere decir. La oración es lo que marca toda la diferencia.

«Con María, la madre de Jesús»


Cuando la Iglesia –la de ayer o la de hoy– se reúne en el Cenáculo, María está allí. El libro de los Hechos lo subraya: estaban allí, «con María, la madre de Jesús». María estaba allí. En efecto, ¿cómo podría tener un lugar un nacimiento si la madre está ausente? ¿Cómo podría «nacer» Cristo de nuevo en su Iglesia sin María? Ella estaba también en Caná, cuando los discípulos empezaron a creer en él; estaba al pie de la Cruz, en el momento en que nació la Iglesia del corazón traspasado de Jesús, diciéndole; «Mujer, ahí tienes a tu Hijo». En consecuencia, María no podía estar ausente el día de Pentecostés, cuando Pedro y los demás apóstoles, liberados de la angustia que les atenazaba, nacieron a su nueva vida de testigos de la fe pascual.

La dimensión mariana de toda evangelización


En el Reino de Dios, toda vida nueva es fruto de un «sí» confiado, de un corazón convertido a la obediencia. ¿Y no es María quien pronunció este «sí» total de la fe? Ella fue la primera en comprometerse por el camino del humilde abandono a la voluntad de Dios, el camino por el que todo hombre llega a la vida nueva. Así pues, todos hemos nacido en cierto modo en María, uno a uno. En el interior de su «sí» es donde acogemos el Evangelio; nuestro testimonio da fruto también en virtud de este «sí». Desde la perspectiva de la fe, nuestro trabajo no puede reducirse, en efecto, a una simple técnica de propaganda: evangelizar es mucho más un dar a luz, el trabajo de un parto. Es entrar en la maternidad de María, la nueva Eva, que engendra el Cuerpo total de Cristo. Toda evangelización participa, pues, a su manera en el misterio de María.

El «sí» de María no pertenece al pasado. Se prolonga hasta que el cuerpo de Cristo haya alcanzado su plena estatura, hasta que Dios sea «todo en todos». He aquí por qué no hay evangelización sin María. Pero hay aún otras razones por las que la evangelización está ligada a María.

Una evangelización plenamente humana


A veces tenemos la tentación de considerar la evangelización como una especie de campaña de publicidad, de reclutamiento de gente para nuestra Iglesia. El peligro está, por consiguiente, siempre ahí, en presentarnos como los poseedores arrogantes de la verdad, que intentan convencer a los otros de la superioridad de su doctrina, de su moral y de su sabiduría. ¿Cómo no vamos a herir, en estas condiciones, a nuestros hermanos? ¿Cómo no vamos a dejarnos dominar por el afán de tener razón y de triunfar sobre nuestros «adversarios»? ¿Cómo no vamos a dejarnos atrapar así en las trampas de la intolerancia y del fanatismo?

María nos pone en guardia contra esta deriva. Ella nos lo recuerda: Es a Cristo –una persona viva– a quien estamos llamados a llevar al mundo. Ese al que anunciamos es Jesús, nuestro «hermano en humanidad», plenamente hombre entre los hombres, al que María trajo al mundo. María nos reconduce siempre al realismo de esta humanidad de Jesús.

«María es también garantía de humanidad en la Iglesia y en el mundo. Es mujer y madre: como todas las madres, posee el sentido de las personas y de sus diversidades. Tiene un sentido afinado de lo concreto, de lo práctico, de la vida. María trata personalmente a cada cristiano uno a uno. Ella humaniza el mundo de la técnica y del struggle for life» (Cardenal L.-J. Suenens, Un nuevo Pentecostés, Edicep, Valencia 2010).

Evangelizar con humildad, sabiduría y equilibrio


Si otorgamos a María su sitio apropiado en nuestra predicación, evangelizaremos con humildad. Si bien es cierto que María puede expresar sus sentimientos con exuberancia y que su Magníficat incluye palabras bastante duras, su modo de ser y de hablar sigue siendo siempre el de una muchacha humilde de Israel. Lo más frecuente es que evangelice sin decir una palabra, con su sola presencia: da más testimonio por lo que es que por lo que dice. María evangeliza del mismo modo que calienta una buena sartén: difundiendo el calor por irradiación. «María guardaba todas estas cosas en su corazón». Toda su evangelización consiste en esta humilde disponibilidad a la palabra de Dios y a la fuerza del Espíritu: «Haced lo que él os diga». La evangelización de María se realiza no con palabras, sino mediante el abandono a Dios de todo su ser. Como Cristo le decía a Catalina de Siena: «Hazte capacidad y yo me haré huracán». Es esta profunda humildad de María la que preservará nuestra predicación del orgullo. Ella es la que nos impedirá predicarnos a nosotros mismos en vez de anunciar a Cristo.

Estamos asistiendo, un poco por todas partes, a la proliferación de sectas y de grupos religiosos de todo tipo. Miles de predicadores van de casa en casa a anunciar «su» verdad, y millones de personas se dejan atrapar por sus peroratas. ¿No será la «nueva evangelización» a la que estamos llamados más que una variante «católica» de este vasto movimiento? ¿No seremos nosotros más que vendedores de un producto entre otros, en el mercado de las ideas y de las religiones?

¿Cómo ver claro en todo esto? ¿Cómo guardar el equilibrio? En el hervidero religioso actual, en medio de la gran tempestad que agita al mundo, son, sin duda, Pedro y los Doce los primeros en velar sobre la barca de la Iglesia, a fin de que conserve el rumbo apropiado. También tenemos a María: gracias a ella la Iglesia evangeliza con equilibrio y sabiduría, porque es ella la que, según lo que decían los Padres, vencerá toda herejía.

«La Encarnación, corazón del cristianismo, es un misterio de equilibrio y de armonía entre lo divino y lo humano. María forma parte de este misterio. La invocamos, con razón, como «Trono de la Sabiduría». Ella ayuda a mantener en el cristianismo auténtico la reserva y la discreción con respecto a las intervenciones sobrenaturales del Señor.

María, visitada por el ángel, favorecida por el acercamiento más directo de Dios, conservó todo su equilibrio. Simplemente se limitó a preguntar, indicando el motivo de la cuestión: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» (Lc 1,34). Nada de exaltación, ninguna huella de iluminismo. Se dirige, apaciblemente, a socorrer a su prima Isabel, y cuando ésta la declara «bienaventurada entre todas las mujeres» (Lc 1,42), profetiza: «todas las generaciones me proclamarán bienaventurada» (incluida la nuestra), pero no se olvida de recordar su pobreza de humilde sierva del Señor» (Cardenal L.-J. Suenens, Un nuevo Pentecostés, Edicep, Valencia, 2010).

Esa es la razón por la que María es indispensable en el trabajo de evangelización: ella le da humanidad, humildad, sabiduría y equilibrio. Esta es la razón por la que su presencia resulta particularmente necesaria en las épocas de gran evangelización, como la nuestra. Cuanto más febriles son los tiempos, más prorrumpen los carismas, más necesidad tenemos de este marco mariano de la obra de evangelización. Cuanto más gime el mundo con los dolores del parto del Reino, más debe llevar la madre de Jesús a la Iglesia como hija suya.

«Como lenguas de fuego»


Allí donde está María, allí se encuentra también el Espíritu. Sobre la comunidad que se ha reunido con ella en el Cenáculo sobreviene el Espíritu Santo, que se manifiesta a través de unas lenguas de fuego y un viento tempestuoso. El Primer Testamento hablaba ya –en unos términos más bien velados– de este Soplo de Dios.

El que quiera evangelizar no puede prescindir del Espíritu de Jesús. Ahora bien, dirán ustedes: «¿Cómo puedo saber que actúa en mí?». La acción del Espíritu en nosotros no se puede discernir más que por la fe. Es en la conciencia que tenemos de haber sido bautizados, en nuestra fe en Jesucristo donde hunde sus raíces la certeza de haber recibido el don del Espíritu, que inspira nuestros actos y nuestras palabras.

El Espíritu que trabaja el corazón del hombre es el Espíritu de Jesús y de su Padre, y nos conduce siempre hacia el Dios de Jesucristo. El Espíritu va derecho al corazón. Lo toca y le da la vuelta.

El que se convierte se descubre en toda su debilidad; pero no siente ni decepción, ni amargura; no puede reprimir un grito de acción de gracias; tal como es, con toda su pobreza, se sabe amado por Dios con un amor infinito. Esta experiencia del Espíritu no es otra cosa que la del perdón de Dios, la del don de su amor, que nos entrega por encima de nuestras faltas, por encima de nuestra mediocridad.

Comprender lo que Cristo ha querido decir


He aquí un segundo fruto que el Espíritu hace madurar en el corazón de aquellos en quienes habita: les hace descubrir y leer la Escritura a un nivel más profundo. ¿Acaso no les había dicho Jesús: «Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14,26). En efecto, la experiencia del Espíritu Santo va generalmente a la par con una comprensión nueva, más profunda y benefactora del Evangelio; algunas palabras o acciones de Jesús, que, hasta ese momento habían tenido poco relieve y no habían sido comprendidas verdaderamente, adquieren sentido de repente.

En la Evangelii gaudium, La alegría del Evangelio, nos dice el papa Francisco que «la Palabra de Dios también nos invita a reconocer que somos pueblo: “Vosotros, que en otro tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios” (1 Pe 2,10). Para ser evangelizadores de alma también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo. Cuando nos detenemos ante Jesús crucificado, reconocemos todo su amor que nos dignifica y nos sostiene, pero allí mismo, si no somos ciegos, empezamos a percibir que esa mirada de Jesús se amplía y se dirige llena de cariño y de ardor hacia todo su pueblo. Así redescubrimos que Él nos quiere tomar como instrumentos para llegar cada vez más cerca de su pueblo amado. Nos toma de en medio del pueblo y nos envía al pueblo, de tal modo que nuestra identidad no se entiende sin esta pertenencia» (268).

«Jesús mismo es el modelo de esta opción evangelizadora que nos introduce en el corazón del pueblo. ¡Qué bien nos hace mirarlo cercano a todos! Si hablaba con alguien, miraba sus ojos con una profunda atención amorosa: “Jesús lo miró con cariño” (Mc 10,21). Lo vemos accesible cuando se acerca al ciego del camino (cf. Mc 10,46-52) y cuando come y bebe con los pecadores (cf. Mc 2,16), sin importarle que lo traten de comilón y borracho (cf. Mt 11,19). Lo vemos disponible cuando deja que una mujer prostituta unja sus pies (cf. Lc 7,36-50) o cuando recibe de noche a Nicodemo (cf. Jn 3,1-15). La entrega de Jesús en la cruz no es más que la culminación de ese estilo que marcó toda su existencia. Cautivados por ese modelo, deseamos integrarnos a fondo en la sociedad, compartimos la vida con todos, escuchamos sus inquietudes, colaboramos material y espiritualmente con ellos en sus necesidades, nos alegramos con los que están alegres, lloramos con los que lloran y nos comprometemos en la construcción de un mundo nuevo, codo a codo con los demás. Pero no por obligación, no como un peso que nos desgasta, sino como una opción personal que nos llena de alegría y nos otorga identidad» (269).

La potencia del kerigma y la paciencia de la didaché


Dar testimonio del Evangelio comporta diversas dimensiones y múltiples tareas. Ante todo, el que evangeliza debe dar testimonio por medio de su vida diaria: colabora en el advenimiento de un mundo mejor, se compromete en favor de la humanización de las persona y de la sociedad, da testimonio sin palabras viviendo el amor a Dios y a los hombres. El cristiano debe vivir el Evangelio, en primer lugar, en la vida diaria, tanto en sus grandes compromisos como en los más triviales, por íntima convicción y porque Jesucristo le ha seducido. Una vida así iluminada por la fe, comprometida con el amor a través de actos, es más elocuente que largos discursos; solo ella hará creíble además el anuncio de Jesucristo con palabras.

La evangelización requiere también una palabra explícita. Es preciso insistir en este punto, sobre todo en nuestros días. La evangelización comporta dos dimensiones: la del kerigma o del primer anuncio del mensaje cristiano, y la de la didaché o de la catequesis.

En primer lugar y ante todo, está el kerigma, es decir, la proclamación directa y explícita de la Buena Nueva de Jesucristo en su núcleo esencial. El modelo de predicación del kerigma lo encontramos en el discurso dirigido por Pedro a la muchedumbre el día del primer Pentecostés (Hch 2,14-16). Se trata de unas palabras que manifiestan una convicción profunda, que anuncian ante todo la Pasión y la Resurrección de Jesús y que tocan el corazón.

A modo de introducción


El papa Francisco habla en una entrevista de la Iglesia misionera y dice: «En lugar de ser solamente una Iglesia que acoge y recibe, manteniendo sus puertas abiertas, busquemos más bien ser una Iglesia que encuentra caminos nuevos, capaz de salir de sí misma yendo hacia el que no la frecuenta, hacia el que se marchó de ella, hacia el indiferente. […]

Tenemos que anunciar el Evangelio en todas partes, predicando la buena noticia del Reino y curando, también con nuestra predicación, todo tipo de herida y cualquier enfermedad»

(Razón y fe, 2013).

Y en su Exhortación apostólica Evangelii gaudium, La alegría del Evangelio, desarrolla el Santo Padre esta idea. Hacia el final de la misma nos habla de María como madre de la evangelización y nos dice: «Con el Espíritu Santo, en medio del pueblo siempre está María. Ella reunía a los discípulos para invocarlo (Hch 1,14), y así hizo posible la explosión misionera que se produjo en Pentecostés. Ella es la Madre de la Iglesia evangelizadora y sin ella no terminamos de comprender el espíritu de la nueva evangelización» (284).

Esta mañana me gustaría profundizar –junto con todos ustedes– en el íntimo vínculo que existe entre «el Espíritu Santo – María – la Iglesia», justamente en vistas al anuncio de la Buena Nueva, el anuncio de Jesucristo.

El Espíritu, María y la Iglesia: aquí tenemos la constelación bajo la que estamos invitados a vivir el Evangelio y a llevarlo al mundo, a nuestros contemporáneos. La evangelización no tiene nada que ver, en efecto, con una campaña publicitaria; no es ante todo asunto de técnica o de estrategia. Es más bien la larga aventura de un nacimiento, por el que el mundo de los hombres recibe a Dios como Padre y a la Iglesia como madre. Hizo falta la sombra del Espíritu Santo y el «sí» de María para que el Hijo de Dios se hiciera hombre; esta misma doble presencia es la que resulta indispensable para que Cristo haga nacer a los hombres a la dignidad de hijos de Dios. Es eso precisamente lo que se inaugura con el primer Pentecostés. Volvamos, pues, nuestra mirada hacia esta aurora y calentémonos con el «Fuego del Espíritu».

La «nueva evangelización»: ¿no se ha hecho nada hasta ahora?


La llamada a una «nueva» evangelización suscita con mucha frecuencia la cuestión: «¿Acaso no se ha hecho nada por el Evangelio hasta ahora? ¿Acaso no merece el nombre de “evangelización” todo el trabajo realizado como Iglesia –y a menudo pagando el precio de grandes sacrificios–? ¿Nos habríamos cansado para nada, desde hace siglos?

¡Por supuesto que no! Con todo, la evangelización a la que hoy se nos invita es realmente «nueva». Lo que ha cambiado –y de una manera radical– es nuestra civilización occidental, el terreno donde tenemos que sembrar. Quizás por vez primera en la historia de los hombres, vivimos en un universo en el que Dios apenas parece tener sitio. La fe ha quedado relegada al estrecho ámbito de la vida privada, y son muchos nuestros contemporáneos que creen poder vivir sin Dios. No cabe duda de que nunca habíamos visto hasta ahora una sociedad secularizada hasta este punto.

Antaño, la existencia de Dios formaba parte de las evidencias comunes: en consecuencia, era posible partir de este sentido religioso innato para anunciar a Jesucristo. Hoy, la situación ya no es la misma y la proclamación de la fe debe tomar otros caminos. Además, es muy diferente anunciar el Evangelio a personas que creen en Dios sin conocer a Cristo y a personas que han sido cristianas y han dejado de serlo.

El terreno donde se echa el buen grano de la Palabra de Dios está erizado, por tanto, de obstáculos nuevos, pero, a pesar de todo, la fuerza germinadora de la semilla no ha disminuido. Hoy como ayer, seguimos viviendo en el tiempo de Pentecostés. El fuego del Espíritu sigue ardiendo, aunque a veces sea bajo la ceniza. Cada época tiene su «nuevo Pentecostés», como decía Juan XXIII al anunciar por vez primera la celebración del Concilio. El Papa pedía entonces a toda la Iglesia que releyera los Hechos de los Apóstoles y se reuniera en el Cenáculo de Jerusalén, «asidua a la oración, reunida con María, la madre de Jesús» (Hch 1,14), para recibir el Espíritu. En efecto, «sin el Espíritu Santo, Dios está lejos, Cristo se queda en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia una simple organización, la autoridad se convierte en dominio,  la misión en propaganda,  el culto en evocación, y el obrar cristiano en una moral de esclavos».

Cristo está vivo ante mí: puedo hablarle


El día en que Cristo invadió nuestra conciencia y nuestro corazón, dio vida a lo que estaba muerto, calentó lo que estaba frío. A partir de ese día, Jesús se convirtió para nosotros en una persona viva; nos dirigimos espontáneamente a él. Cuando el Espíritu Santo se despertó en nuestros corazones, nos comunicó la experiencia del Señor, que vive en nosotros y nos introduce en un verdadero diálogo, el de la oración. De repente, esta brota en nosotros; se vuelve frecuente, gozosa, prolongada… y hablamos de ella a otros.

Y es que, ¿cómo vamos a evangelizar si el Señor no es para nosotros una persona viva, a quién vamos a dirigir nuestras plegarias de acción de gracias, de alabanza y de petición? ¿cómo, si no estamos animados por una fe confiada, impulsados por un amor verdadero? Es esta una condición indispensable. Solo quien ha descubierto a Cristo a esta profundidad, solo quien dialoga con él en la oración, puede ser su testigo y su apóstol. Es lo que decían Pedro y Juan ante el Sanedrín: «No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20).

Evangelizar para liberar


La verdadera evangelización hace al hombre libre. «Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad» (2 Cor 3,17), dice el Apóstol. Y añade: «Vosotros, hermanos, habéis sido llamados a la libertad» (Ga 5,13).

Esta fuerza nos hace libres porque nos empuja desde el interior a hacer el bien, nos hace actuar por amor y garantiza nuestra libertad; esa fuerza es el Espíritu Santo.

El Espíritu de Jesús actúa en nosotros con tanta habilidad que nos descarga del peso de nuestro amor propio, de tal suerte que hagamos el bien de una manera libre y espontánea.

Entonces el mundo volverá a ser capaz de verdadero amor… Es preciso que Dios se ame a sí mismo en nosotros y por nosotros; entonces viviremos en la verdad, y el amor de Dios volverá a ser el corazón viviente del mundo.

Así pues, evangelizar no es reunir a todo el mundo bajo el cetro de una ley impuesta desde el exterior; no es imponer a los otros la esclavitud de unas prescripciones que les son extrañas. Evangelizar es todo lo contrario: comunicarles el Espíritu Santo, que les hará libres respecto a todas las esclavitudes que se disfrazan bajo los rasgos embusteros de la libertad. El cristianismo no es una ley, aunque proponga una. No es una moral, aunque proponga una. El cristianismo, por el Espíritu de Jesús, es mucho más bien el don gratuito y maravilloso que Dios nos hace de su presencia; este don nos permite actuar con toda libertad teniendo en el corazón el amor generoso y confiado, así como el afán del bien que es también voluntad suya.

Un Espíritu animoso


El más espectacular de los frutos del Espíritu en el corazón de los discípulos es el coraje. Desde el arresto de Jesús en el huerto de los olivos, en su corazón no había más que miedo: «Entonces todos los discípulos le abandonaron y huyeron» (Mt 26,56). Se habían escondido en el Cenáculo, con la puerta cerrada y la llave a doble vuelta.

Pero el día de Pentecostés, de golpe, todo se transforma. Las llagas cicatrizan gracias al bálsamo del Espíritu; Pedro y los Once salen de casa y hablan a los judíos como hombres libres y con valor. Pedro y Juan no tienen ningún miedo de dar testimonio ante el mismo sanedrín que había condenado a muerte a su Maestro. Helos aquí hablando de Jesús con un valor desconcertante. Este valor es uno de los frutos más visibles de la acción del Espíritu.

Este mismo valor de mostrarse ante el mundo y de dar testimonio de Jesucristo, cueste lo que cueste, es el don que el Espíritu hace a la Iglesia para su trabajo de la nueva evangelización. Nuestro valor se limita con frecuencia al círculo familiar de los cristianos en el interior de la Iglesia; no nos expresamos libremente más que frente a aquellos a quienes ya conocemos; tomamos iniciativas pastorales o litúrgicas destinadas sobre todo al interior de la Iglesia. El coraje lo empleamos habitualmente para uso interno. Sin embargo, el coraje verdadero nos hace dar testimonio ante otros, ante los que están lejos y no comparten nuestra fe o incluso le son hostiles.

El anuncio del Evangelio, una tarea comunitaria


Si bien son claramente personas individuales las que evangelizan, su tarea se inserta en el marco de una comunidad cristiana. El que predica el Evangelio «por su propia cuenta» sin vínculo con la Iglesia, se corta de la fuente de vida, se priva del alimento indispensable.

Ahora bien, ¿dónde están hoy las comunidades cristianas vivas que evangelizan? ¿Y qué hacen nuestras comunidades –parroquias, escuelas, hospitales, equipos de todo tipo– por el kerigma, el anuncio explícito del Evangelio?

El que da testimonio de su fe recibe frecuentemente críticas en nuestros días en el marco del pluralismo que marca nuestra sociedad e incluso a la Iglesia. Las parroquias, las organizaciones y asociaciones cristianas acogen a gente de toda procedencia y de convicciones a menudo muy diversas; estas personas se sienten en ellas como en su casa; por consiguiente, son bienvenidas. En todo caso no hay que optar por la élite, por aquellos que tienen una fe perfecta. La Iglesia no ha sido nunca elitista. Con todo, también hay que seguir siendo conscientes: el número no lo es todo; la apertura y la acogida no deberían pagar el precio de la pérdida del perfil cristiano.

Para seguir siendo en verdad una «comunidad cristiana», toda parroquia, escuela o movimiento está obligado a vivir a su manera y en la medida de sus posibilidades lo que animaba a los primeros cristianos. El relato de los Hechos de los Apóstoles (en particular 2,42-47) describe lo que proporciona a una comunidad su identidad cristiana. La comunidad no inventa su propio mensaje: sigue siendo fiel a la enseñanza de los apóstoles; se mantiene unida en la oración; mantiene vínculos de comunión con todas las demás comunidades cristiana; se muestra solidaria con los pobres y hospitalaria; sobre todo es fiel a la Eucaristía; vive de la Buena Nueva de Jesucristo y es capaz de dar testimonio de ella con su vida, pero también de una manera explícita; se ata a Jesús, su Buen Pastor, pero también a todos los pastores que él envía; trabaja en la liberación de los hombres, tanto en su propio seno como en el exterior; acepta ser puesta cada día en tela de juicio por la Palabra de Dios, en la penitencia y la oración; por último, ruega a Dios que le conceda toda la verdad de los carismas que necesita para desarrollarse y dar fruto en el mundo.

En conclusión


Para terminar estas cuantas orientaciones sobre nuestra misión de bautizados, me gustaría hacer referencia –de nuevo– a la Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, La alegría del Evangelio, donde el Santo Padre pone en exergo la ternura de María, nuestra madre de la evangelización:

«María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura. Ella es la esclavita del Padre que se estremece en la alabanza. Ella es la amiga siempre atenta para que no falte el vino en nuestras vidas. Ella es la del corazón abierto por la espada, que comprende todas las penas. Como madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia. Ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno. Como una verdadera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios. A través de las distintas advocaciones marianas, ligadas generalmente a los santuarios, comparte las historias de cada pueblo que ha recibido el Evangelio, y entra a formar parte de su identidad histórica» (286).