La familia


La familia es la célula básica de la sociedad, así como de la Iglesia.


La familia, esperanza para el mundo


1. Introducción

La familia es la célula de base de la sociedad, pero también de la Iglesia. Dios nos la muestra a propósito en la sagrada familia de Nazaret. Por eso, el concilio Vaticano II llama a la familia la Iglesia doméstica.

Los fundadores de "FIAT", por su parte, otorgaron a la familia tal importancia que dieron en sus comienzos a la Asociación la denominación de "Family International Apostolic Team", dado que tenían el afán de hacer redescubrir a las familias su eminente vocación en el plan de Dios.

El cardenal Suenens se erigió, efectivamente, en el apóstol de la familia. No cesó de hablar y de escribir sobre la familia, ni de hacer rezar por ella. Dio un gran relieve a la pastoral familiar en su propia diócesis, especialmente mediante la creación de «la escuela del matrimonio», convertida hoy en el C.P.M. (Centro de preparación para el matrimonio). Estos centros existen hoy en numerosas diócesis. El Cardenal apoyó asimismo los fines de semana para parejas, organizados especialmente por "Encuentro matrimonial", un descubrimiento realizado en los Estados Unidos, así como por "Amor y Verdad" de la comunidad del Emmanuel, etc.

El Sínodo de Roma de 1980 estuvo consagrado a la familia y encontró en la exhortación "Familiaris Consortio" uno de los principales documentos del pontificado de Juan Pablo II.

De un modo más directamente relacionado con "FIAT", el cardenal Danneels consideraba el rosario FIAT como un instrumento de oración: "a fin de que las familias puedan convertirse en Cenáculos de apóstoles, reunidos en torno a la Virgen María".

2. La familia sumergida en un mundo desordenado

Es forzoso constatar que la familia se ve confrontada con un mundo, no sólo en plena mutación, sino también en plena crisis.

Como escribía Juan Pablo II en la introducción de su exhortación inspirada en la constitución pastoral "Gaudium et Spes" del concilio Vaticano II:

... "La familia, en los tiempos modernos, ha sufrido quizá como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura. Muchas familias viven esta situación permaneciendo fieles a los valores que constituyen el fundamento de la institución familiar. Otras se sienten inciertas y desanimadas de cara a su cometido, e incluso en estado de duda o de ignorancia respecto al significado último y a la verdad de la vida conyugal y familiar. Otras, en fin, a causa de diferentes situaciones de injusticia se ven impedidas para realizar sus derechos fundamentales.

La Iglesia, consciente de que el matrimonio y la familia constituyen uno de los bienes más preciosos de la humanidad, quiere hacer sentir su voz y ofrecer su ayuda a todo aquel que, conociendo ya el valor del matrimonio y de la familia, trata de vivirlo fielmente; a todo aquel que, en medio de la incertidumbre o de la ansiedad, busca la verdad y a todo aquel que se ve injustamente impedido para vivir con libertad el propio proyecto familiar. Sosteniendo a los primeros, iluminando a los segundos y ayudando a los demás, la Iglesia ofrece su servicio a todo hombre preocupado por los destinos del matrimonio y de la familia.

De manera especial se dirige a los jóvenes que están para emprender su camino hacia el matrimonio y la familia, con el fin de abrirles nuevos horizontes, ayudándoles a descubrir la belleza y la grandeza de la vocación al amor y al servicio de la vida".

Desde entonces, por desgracia, la situación de las familias no ha hecho más que empeorar en nuestras sociedades modernas. Los divorcios se multiplican y la misma sexualidad es como si se hubiera desprendido de la perspectiva del matrimonio y de la procreación. El amor del que se habla y se canta ya no tiene nada que ver, a menudo, con el sentido mismo del Amor.

3. Una alianza de Amor: si Dios volviera a ser la referencia

Si pudiéramos redescubrir la realidad de Dios como creador y fuente de todo amor, si pudiéramos volver a encontrar al Dios trinitario como modelo de toda relación, si pudiéramos buscar a su luz la gestión de una sociedad... podríamos volver a dar esperanza a todos.

Y es que Dios siempre está ahí y nos ama. Pero no se impone, se hace incluso dependiente de nuestra libre respuesta a su Amor. Por Cristo, se ha hecho mendigo de amor. Para Él, la libertad y el amor van juntos. Él se ofreció en la Cruz para liberar el Amor en nosotros.

El secreto para acoger a Dios y para vivir en su proximidad lo encontramos en la Sagrada Familia y en los muchos santos que nos han dado ejemplo. Es a través de una actitud interior de fe, de humildad y de pobreza de corazón como el Espíritu del Señor puede hacer germinar en nosotros la semilla del verdadero Amor.

La pareja


En la relación entre un hombre y una mujer, cuando se vive con un crecimiento normal, aparece este aspecto asombroso de una fuerza de Amor que les "atrae" el uno hacia el otro más allá de la sola atracción física o deseo sexual. Más tarde, sin conocerse bien todavía, van confiando plenamente el uno en el otro de una manera progresiva, hasta que llega el momento en que se reciben el uno al otro para toda la vida y, como está escrito en el libro del Génesis, no forman más que uno.

Cuando se llega a comprender que "acogerse" y "recibirse" es ser don de Dios el uno para el otro, todo cambia en la relación. Como consecuencia de esto, ya no hace falta ir de puntillas para "merecer" al otro. Al contrario, como viene de Dios nunca acabamos de descubrir la riqueza del otro. Este don de Dios constituye el sacramento del matrimonio, signo e imagen del Amor de Cristo por su esposa la Iglesia.

Algunos descubren esta gracia en la petición de mano o en los esponsales, otros después de muchos años de matrimonio... Pero este descubrimiento da oxígeno a la pareja, a la familia y a toda la comunidad que la rodea.

Convertirse en hermano y hermana en Cristo

Cuando se ha podido descubrir la belleza y la grandeza del Amor, todavía queda por vivir el matrimonio día a día. Se trata, a buen seguro, de un camino que deben recorrer los esposos, un camino que no necesariamente ha de ser fácil. El cardenal Suenens nos ofrece en uno de sus libros un enfoque liberador. Escribe en él que es muy importante para la pareja, antes incluso de acercarse como hombre y mujer, considerarse como hermano y hermana en Cristo.

Es, en efecto, la vida del mismo Cristo que recibimos en el bautismo la que hace de nosotros hijos del mismo Padre de los cielos y, por consiguiente, hermanos y hermanas. Esta realidad precede a la del matrimonio cristiano, y es esencial para la misma vida de la pareja.

De resultas, el Evangelio viene a iluminarlo todo. Nos abre, a la vez, un programa de vida y un camino en la verdad que no engaña. Entonces es cuando podemos comprender que el sacramento del matrimonio abre el camino del don de toda nuestra vida a Dios y nos ayuda a vivir el matrimonio como una llamada común a la santidad.

Oración y perdón en el corazón de la pareja

El secreto del perdón, tan necesario en la pareja y, en ocasiones, tan difícil, es la oración de la pareja. Hemos de distinguir la oración de la pareja de la oración en familia con los hijos. Consagrar algunos minutos cada día a la oración en pareja es vivir cada vez un momento de gracia en que se encuentran el amor y la verdad.

La oración es esencial a la familia. Sin la oración, el perdón se difumina hasta el punto de volver a los esposos extraños entre sí. Ahora bien, en la pareja, en la familia, siempre hay algo que perdonar; cada vez que no hemos creado espacio para el otro, que no hemos ayudado al otro a desarrollarse plenamente, que nos invaden la fatiga y el estrés, que estamos más preocupados por nosotros mismos que por el otro. En consecuencia, no tiene precio que día tras día, antes de acostarse por ejemplo, los esposos se hagan el signo de la cruz en la frente como signo de amor y de perdón, pues de este modo se asocian a la fuerza del perdón de Cristo. En esos momentos es cuando la pareja se construye verdaderamente.

Los hijos


Vienen así los hijos como fruto del amor de los esposos, para que, a su vez, también ellos descubran la maravilla del amor cristiano. Éste es el sentido de la educación cristiana. Es el mismo amor de los esposos el que tal vez les lleve, si las circunstancias se prestan a ello, a adoptar un hijo, aunque sea minusválido...

La educación cristiana

En primer lugar, la educación cristiana de los hijos es importante simplemente por el amor que les tenemos.

Ofreciéndoles una educación cristiana es como les ofrecemos las mayores posibilidades de vivir este amor auténtico en el mundo al que tendrán que hacer frente. Sólo como cristianos podrán encontrar, a pesar de todo, una alegría que nadie podrá quitarles. El primer reto de la educación cristiana es proporcionarles este desarrollo integral.

La segunda razón va ligada a lo anterior. Si los jóvenes crecen en la caridad cristiana, en el desprendimiento, en la oración, les ofreceremos una base para ser, una vez adultos, cristianos responsables en la ciudad, ya sea como madre de familia o médico, como jefe de empresa u obrero, como ingeniero o asistente social, etc.

La familia cristiana nos proporciona esta doble esperanza y esta doble dicha. La educación cristiana de los hijos, que persigue esta realización plena y este sentido de la responsabilidad, es importante, si queremos corresponder al Evangelio y ser la sal de la tierra.

Pero la familia cristiana es muy importante aún por una tercera razón. Aunque Dios llama a quien quiere, es en el ambiente cristiano de la familia donde la vocación al sacerdocio o a la vida consagrada se despierta con mayor facilidad. Ahora bien, que haya sacerdotes y hombres y mujeres enteramente consagrados a Dios es vital para la santificación del pueblo de Dios.

Enseñar a los hijos a orar

¿No es maravilloso, cuando se mira al niño que se forma en el seno de su madre, que Dios, de quien procede toda vida, quiera dejar participar a los esposos en la donación de la vida? ¿Cómo no dar gracias a Dios por la vida que nos confía y no reconocer plenamente esta filiación divina haciendo bautizar a los niños desde su nacimiento y despertarles a su Creador?

Para vivir esta relación con Dios es importante introducir a los niños en la práctica religiosa desde su más tierna edad. Eso les permitirá realizar auténticas opciones religiosas cuando sean mayores. En efecto, ¿cómo es posible elegir algo de lo que no sabemos nada por no haber sido iniciados en ello y, sobre todo, sin ningún modelo de vida concreto? Por otra parte, ¿no tienen que tomar los padres muchas decisiones –igualmente determinantes– por sus hijos mientras esperan que ellos mismos sean capaces de asumir progresivamente toda su autonomía?

Algunas oraciones sencillas como la señal de la cruz, el avemaría, el padrenuestro les llegan a los niños a lo más hondo. A menudo estas oraciones se ofrecen a los jóvenes como salvavidas cuando tienen que hacer frente al desconcierto que produce sentirse solos frente a las decisiones que deben tomar, en especial cuando pasan de la adolescencia a la edad adulta, o también cuando se presentan momentos de soledad interior.

Disponer de algunos signos concretos tiene la misma importancia para los niños que para los jóvenes. ¿Acaso no nos piden, a veces después de un largo período de tiempo en el que les había parecido superflua toda expresión religiosa, referencias concretas? A fin de crear este ambiente y esta referencia espiritual, se puede colocar, por ejemplo, en casa, en ciertos lugares apropiados, un icono de la santísima Trinidad, un crucifijo, una imagen de la Virgen María, una Biblia o un rincón de oración arreglado y con flores dispuesto por los mismos niños. Esto, no sólo nos ayuda a entrar más fácilmente en la oración, sino que supone también dar testimonio de nuestra fe.

Llegar a ser amigos de nuestros hijos

El primer lugar donde debemos vivir nuestra fe es, evidentemente, nuestro hogar. Dichoso el niño que puede crecer en un ambiente de oración y de caridad. Vivir en esta verdad abre a la amistad, y la amistad entre los padres y los hijos constituye la base de una relación profunda.

Los padres y los hijos conservan, por supuesto, durante toda su vida la relación padres-hijos. Ahora bien, cuando los hijos crecen y se instala una relación de amistad, se realiza la experiencia de una relación de amor que lleva en su seno a los unos y a los otros. ¡Qué libertad !

Es importante conservar siempre esta perspectiva, sobre todo cuando el hijo toma otros caminos. Dejar que el hijo llegue a ser él mismo es algo inherente a toda educación. No resulta fácil, pero a menudo es el comienzo de una relación de amistad entre padres e hijos.

Cuando el hijo toma un camino completamente distinto al nuestro

Es muy doloroso ver que nuestro hijo rechaza la fe en la que hemos intentado educarle. Cuando eso va a la par con expresiones negativas en el plano moral, todavía resulta más difícil comprender el cómo y el porqué. Con frecuencia esto va seguido de amplios cuestionamientos: "¿Qué hemos hecho mal en la educación cristiana de nuestros hijos? " Aun sabiendo que andan lejos de ser los padres perfectos, los padres lo han hecho, en la mayoría de los casos, lo mejor que han podido, en ocasiones sin haber sido preparados para esta tarea.

En consecuencia, está fuera de lugar hacerse reproches; al contrario, hay que tomar este momento crucial con una confianza renovada en el Señor. El resultado dependerá, a la vez, de nuestra capacidad de amar gratuitamente y de nuestra fidelidad a nuestra propia vida de oración y de fe. Esto es vital, en primer lugar, para los mismos padres, aunque también para los hijos, puesto que, de todos modos, los padres siguen siendo para ellos una referencia importante.

Ver que, a pesar de todos los dolores con los que puedan encontrarse sus padres, habita en ellos la alegría, les hará descubrir a los hijos que hay algo más profundo que les hace vivir. En consecuencia, los padres no tienen que tener miedo a las pruebas. "Cuando nosotros somos débiles es cuando Dios se muestra fuerte".

En estos momentos ha llegado para los padres la hora de confiar en Dios y vivir la prueba de la fe como antaño Abrahán. Ha llegado asimismo la hora de la fidelidad a la oración, a fin de pedir a Dios que, a pesar de todo, sea santificado su Nombre en cada uno de sus hijos.

Puede suceder que ya no veamos nada claro. En estos momentos es cuando la fe carga verdaderamente sobre ella la oración. No dejemos nunca que el desaliento haga presa en nosotros; nuestros hijos se salvarán, no por nosotros, sino por la gracia de Dios, que no quiere que se pierda ni uno solo de sus hijos.