La Renovación Carismática – cardenal Suenens



Durante el transcurso de mis visitas a los Estados Unidos oí hablar de un asombroso despertar religioso, nacido a principios de siglo, poco a poco aceptado por las Iglesias pro­testantes tradicionales, y que en 1967, se manifiesta también, dentro de la Iglesia Católica.

Esta renovación espiritual toca a la vez a las Universidades, a las comunidades religiosas más diversas y a las Parroquias.

En aquellos momentos escribía yo un libro con el título ya anunciado “El Espíritu Santo Nuestra Esperanza”.

Decidí suspender su redacción diciéndome, que si El Espíritu Santo estaba actuando, aunque su manifestació se estuviese produciendo en el otro rincón del mundo, sería indispen­sable trasladarme allí en donde se estaba ma­nifestando, aunque fuera en los confines de la tierra; tanto más cuanto que se hablaba de un despertar de los carismas … cuya causa de­fendí en el Concilio.

Me dirigí pues a algunos centros principales Ann Arbor, South Bend. Me encontré con un grupo de franceses conducidos por Pierre Goursat, el fundador futuro de la “Comunidad Emmanuel” que alcanzarí una expansión In­ternacional … Pierre Goursat había hecho en tiempo pasado expresamente el viaje desde Paris a Nevers, al acabarse la guerra para conocer a Veronica O’Brien, que fundó la Legión de María en Francia. Uno de los pri­meros miembros de la Legión de María en tierra francesa fue también el mismo Pierre Goursat. Nuestro encuentro imprevisto en Es­tados Unidos testificaba una preocupación comúm, de escuchar y de captar eventualmen­te “lo que el Espíritu dice a las Iglesias”.

Al contacto con las primeras Comunidades Carismáticas Católicas en el ambiente unversitario, comprendí que se tratada de una gra­cia “Pentecostal” en plena actuación. No se trataba de un movimiento (no hay aquí ni fundador, ni regla, ni estructura precisa) sino un soplo del Espíritu que tocaba los múltiples aspectos de la vida, así como a cualquier tipo de movimientos.

Describí mi descubrimiento en 1974, en mi libro ” ¿Un Nuevo Pentecostés? ” . El punto de interrogación después del título, significaba que esta Renovación no iba a ser automática y que había a la vez que acogeria, y conducirla con discernimiento, dándole el “Sí” al Pen­tecostés y el “No” al Pentecostalismo, velan­do, por el arraigamiento de la gracia de la Renovación en el corazón de la Iglesia.

Informé a Pablo VI de esta corriente que se propagaba con prodigiosa rapidez, en los cinco Continentes afectando a los ambientes más diversos.

Con ocasión del Año Santo de 1975, sugerí a los dirigentes Católicos de esta Renovación, que acudiesen en peregrinación a Roma, con el fin de testimoniar su fe y su fidelidad a la Iglesia.

Fueron invitadas algunas personalidades protestantes importantes, para asociarse y acudir a Roma para la Fiesta de Pentecostés, que tomó entonces una dimensión ecuménica conmovedora.

Pablo VI acogió calurosamente a los diez mil peregrinos venidos de los países más diversos, y en su homilía, calificó el Santo Pad­re la Renovación como “una oportunidad pa­ra la Iglesia y para el mundo”.

En esta ocasión, me pidió que velara sobre la integración de la Renovación Católica en el corazón de la Iglesia. Pablo VI me dió las gracias en estos términos:

“Le doy las gracias, no en nombre propio sino en el nombre del Señor por todo lo que Ud. ha hecho y sigue haciendo por la Renovación Carismática en el mundo, y por todo lo que Ud. haga en el futuro para integrar y man­tener la Renovación Carismática en el corazón de la Iglesia dentro de la fide­lidad de sus enseñanzas”.

Acepté esta misión asumiendo adenías la redacción de una serie de “Documentos de Malinas” cuyo primer escrito – fue la obra colectivamente redactada por un grupo internacional altamente cualificado – y que consti­tuye como el decreto doctrinal y pastoral de la Renovación Carismática Católica.

Se trataba de sacar la Renocación Católica de toda la ambiguidad – Pentecostalista inmunizándola de la tentación incesantemente renacida a través de los tiempos, de reunir a los cristianos más allá de sus propias Iglesias dentro de una “Supra-Eglesia del Espíritu Santo”, y cuyo análisis fue realizado minuciosamente por el Cardenal de Lubac en su li­bro sobre Joaquín de Flore. También acudie­ron a mi llamada poco tiempo después los pioneros americanos más en auge, Ralph Mar­tin y Steve Clark – que con todo un grupo, se instalaron en Bruselas con el fin de proseguir el diálogo y ayudar a que se integrara la Re­novación dentro de la Iglesia. Estos contactos fecundos demonstraron ser muy fructíferos.

Con el paso del tiempo, la palabra pronuniada por Pablo VI sobre la Renovación “Como una oportunidad para la Iglesia” permanece como un deseo parcialmente realiza­don, pues el ofrecimiento de esta gracia no fue captado a nivel de Iglesia en el corazón de ésta.

Interpretar esta Renovación como un “movimiento” más, entre otros movimientos, es desconocer su naturaleza: Es una moción del Espíritu Santo ofredica a toda la Iglesia, destinada a rejuvenecer todos los aspectos de la vida de la Iglesia.

El alma de la Renovación – “el bautismo en el Espíritu Santo” – es una gracia de Renovación Pentecostal destinada a todos los cristianos.

No es un “Gulfstream” que recalienta aquí y allá las costas, sino que es una corriente poderosa destinada a penetrar en el corazón mismo del país.

–  Que nuestros teólogos habiendo experimentado ellos mismos la experiencia de la “Efusión del Espíritu” – la analicen y la sitúen!

–  Que nuestros pastores reflexionen sobre lo que significa, (como posibilidad de cristianización en profundidad), este “bautismo” para el cristiano ya bautizado y confirmado sacramentalmente.

–  Que todos los cristianos exteriorcen su fe en una alegría que se expresa, que se canta, también en lenguas – no extranjeras – sino en una gran libertad verbal en unión profunda con el Espíritu Santo, “que ruega en nosotros con gemidos inefable” (Rm 8,26).

–  Que los grupos de oración y las comunidades de vida se abran más y más a la evangelización en el corazón del mundo.

Esto es todo lo que deseo decirles a los pastores de la Iglesia, como eco de aquel deseo de Pablo VI.

En cuanto a mis amigos de la Renovación a través del mundo, querría decirles que la Re­novación está destinada a la Iglesia entera por lo que debe de ser su preocupación constante, el que las aguas del río desemboquen en el mar para ser fieles al manantial.

Un cristiano no es plenamente cristiano si no es cristianizador. El Cenáculo es el lugar donde los cristianos se dejan transformar por la oración y la acogida del Espíritu Santo, pero es también el lugar de partida para llevar el fuego de Pentécostes a nuestros hermanos. Las “lenguas de fuego” están ahí para

recodarnos y ayudarnos a vencer: nuestros silen­cios, nuestros temores y nuestros mutismos:

Dice Jesús: “yo he venido a traer fuego a la tierra y qué puedo desear más sino que arda”. (Lc 12,49).