La entrada en un mundo nuevo – Cardenal Suenens



La muerte marca la hora en que desaparece el decorado de aquí abajo, en que se abre el telón de un escenario completamente nuevo. ¿Qué es lo que nos espera? ¿Qué hay más allá de la muerte? ¿Cuál es ese reino en el que «Dios será todo en todos» y en el que, no obstante, seremos nosotros mismos con una plenitud jamás alcanzada? ¿Quién puebla ese universo, y qué vínculos podremos establecer en él? Preguntas que todo el mundo se plantea necesariamente, y que la Revelación no deja sin respuesta. Aunque ésta sea sobria y discreta, cada rayo de claridad es una gracia que tenemos que captar, una referencia que debemos seguir.

Si la vida acaba para siempre aquí abajo, todo cambia de sentido y de signo. Ahora bien, si la tierra es provisional y el cielo definitivo, entonces la vida de aquí abajo se ofrece a nosotros como un esbozo, como una preparación para vivir en plenitud. La naturaleza nos ofrece asombrosas metamorfosis.

Una oruga es una pobre cosa cuya finalidad no se comprende más que viéndola convertirse en mariposa. Es difícil de creer que esto haya salido de aquello. Y, sin embargo, así es. Si no conociéramos más que el invierno, los árboles muertos y desnudos serían como desafíos a la naturaleza. Y menos aún comprenderíamos al jardinero que los poda sin piedad. Sólo la primavera, el verano y el otoño justifican el invierno. Sólo ellos le dan su sentido pleno.

La vida humana, cercenada de la perspectiva del cielo, es algo desarraigado, caótico. Y se comprende la angustia que expresaba Camus en El mito de Sísifo: «No hay más que una cuestión verdaderamente seria en filosofía…: ¿vale o no vale la pena vivir la vida?». Cuestión crucial a la no se responderá sin tomar distancia y perspectiva. Sólo el Absoluto puede determinar la orientación de lo relativo, por muy importante que sea.

El cielo no es una coartada inventada o aceptada por el hombre a fin de sustraerse al progreso humano. El cielo no es una evasión, un sueño que distraiga de la tierra.

La visión de la eternidad da valor a la condición humana a la que vuelve angustiosa: con el tiempo no hago tiempo sino la eternidad. La apuesta es grande. Nos jugamos una existencia eterna. Eso otorga un sentido terriblemente serio al esfuerzo humano destinado a hacer habitable a la tierra: ésta es nuestro banco de prueba. El cielo es una presencia que nos envuelve por todas partes, que nos ata y nos abraza. Para recorrer la vida, necesito saber a dónde lleva esta ruta terrestre, a fin de no ser una mota de polvo en un desierto mecida al son de los vientos.

Estamos dispuestos a padecer cuando sabemos que a la vuelta, la acogida en casa será calurosa y vivificante. Vivimos en un mundo congelado por el egoísmo y por el materialismo: necesitamos descubrir un hogar del que Dios es la luz, el calor y la fuente de la fraternidad humana, tan dolorosamente desconocida aquí abajo a través de la historia.

La muerte sigue siendo un misterio que la fe ilumina suavemente como una lámpara de sagrario brilla en la penumbra. Ella nos dice que los muertos no son gente aniquilada, sino supervivientes. Nos dice que los ojos cerrados de nuestros difuntos no están cerrados para siempre, sino que se abren ahora a otras claridades. El poeta lo ha dicho mejor que nadie:

«Azules o negros, todos amados, todos bellos,
incontables ojos han contemplado la aurora,
duermen en el fondo de las tumbas,
y el sol se sigue elevando…
Azules o negros, todos amados, todos bellos,
abiertos a alguna inmensa aurora,
del otro lado de las tumbas,
los ojos que cerramos siguen viendo».

 

Léer mas? L.J. Suenens, De la vida a la Vida, FIAT, 64p.