Homilía en los Funerales del cardenal Danneels



Cardenal Godfried Danneels

Nacido en Kanegem el 4 de junio de 1933
Ordenado sacerdote el 17 de agosto de 1957
Ordenado obispo de Amberes
el 18 de diciembre de 1977
Nombrado arzobispo de Malinas-Bruselas
el 21 de diciembre de 1979
Creado cardenal el 2 de febrero de 1983
Fallecido en Malinas el 14 de marzo de 2019

 

Homilía en los Funerales del cardenal Danneels
en la catedral de Malinas el 22 de marzo de 2019

 

Queridos amigos,

Llegaba a su fin el año 1977 cuando el cardenal Danneels se convirtió en obispo de Amberes. Era el tercer domingo de Adviento. Algunos días más tarde llegaba la Navidad. En la liturgia se lee la carta de san Pablo a Tito sobre la bondad de Dios y su humanidad. Es la lectura que terminamos de oír. Fue en esta carta donde el cardenal Danneels encontró su lema episcopal: Apparuit humanitas Dei nostri: se ha manifestado el amor de Dios a todos los hombres.

Estas palabras nos conducen al corazón del evangelio. Y nos muestran cómo el cardenal ha vivido su vocación de sacerdote y de obispo a lo largo de estos años.

El amor de nuestro Dios hacia los hombres se ha manifestado ante nosotros. Es tan bello y está tan bien traducido al latín: humanitas Dei, la humanidad de Dios. Dios no solo se ve impulsado por un gran amor hacia los hombres, sino que él mismo se hizo hombre. Por esa razón camina tan humanamente con nosotros. Ni exigiendo, ni obligando ni culpabilizando. No nos salvó porque hubiéramos hecho algo bueno, sino porque es misericordioso.

Muchos de nuestros contemporáneos tienen la impresión de que la fe y la religión son más bien una traba para construir libremente su felicidad. Tienen la sensación de que se trata siempre de «deber» o de «no poder». Naturalmente, la vida humana es un asunto serio y el amor puede ser exigente. Sin embargo, el evangelio es la buena noticia de la humanidad de Dios.

Se nos ha prometido esto de todas las formas: que Dios se haga hombre, que somos conocidos y amados por él y aceptados radicalmente, incluso en nuestra fragilidad y en nuestra finitud, incluso en nuestro pecado. Sí, la bondad y la humanidad de Dios han aparecido.

Es nuestra alegría y nuestra salvación. Por eso no somos gentes sin esperanza. Y por eso el evangelio es una llamada a una verdadera humanidad para todos los que quieran escucharlo. Estas palabras, elegidas por el cardenal Danneels como lema episcopal, muestran quién era realmente. Y cómo fue un buen pastor durante todos estos muchos años.

Esta misma Buena Noticia de la bondad y de la humanidad de Dios la hemos recibido nosotros en el evangelio que acabamos de escuchar. Nos habla del comienzo de la predicación de Jesús, cuando se le reclama en Nazaret el día del shabat para leer la profecía de Isaías, que dice: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva». Jesús se reconoció a sí mismo en esas palabras de Isaías y en ellas discernió su propia misión. En este texto encontramos por primera vez la palabra «evangelio». Se convirtió en la palabra clave para mostrar el sentido de toda su misión. Él, que no vino para juzgar, sino para salvar. Nosotros somos conocidos y amados por Dios tal y como somos. Se trata, como dice el papa Francisco, de la «alegría del evangelio».

El cardenal Danneels consagró su vida al anuncio de este evangelio. El evangelio vino sobre él, como lo hizo sobre Jesús, y también le ungió. El cardenal recibió este Espíritu en abundancia. Con el don de la palabra que recibió y con el que llegó a tantas personas, entre nosotros y en la Iglesia universal, y siempre con esa sencillez de corazón que constituye la marca de un discípulo de Cristo. Esos largos años durante los cuales ha sido sacerdote y obispo representan, en muchos aspectos, un punto de inflexión tanto para la Iglesia como para la sociedad. Fue el final de un período y el principio de un futuro desconocido y de un porvenir incierto. No ha resultado fácil ser guía y pastor en estos momentos. Pero él lo ha sido. Con valentía y autoridad, pero sin quebrar la caña cascada ni apagar la mecha humeante. Lo que dijo del rey Balduino en sus funerales vale también para él: «Hay reyes que son más que reyes; son los pastores de su pueblo».

El cardenal tenía el don de la palabra. A través de la palabra, con tantas intervenciones y escritos inspirados, tocó el corazón de muchos. Gracias a la palabra, nos condujo siempre a la fuente. El cardenal no tenía ninguna nostalgia del pasado. Fiel al concilio Vaticano II, estaba completamente convencido de la necesidad de la renovación y la reforma en la Iglesia, tanto en su cabeza como en sus miembros. Una Iglesia abierta que no se eleve por encima de la gente, sino que empatice con las alegrías y las esperanzas, que sufra las penas y las angustias de los hombres. Deseaba profundamente la renovación y la reforma. Pero no sin un retorno a la fuente, no sin espiritualidad, no sin una liturgia viva, no sin oración. Para el cardenal, la preocupación por la vida interior era indisociable de todas las reformas.

También sabía que nuestra Iglesia no tenía futuro sin las otras Iglesias cristianas. El diálogo ecuménico significaba mucho para él. Al igual que estaba convencido de la importancia del diálogo interreligioso y de la importancia de otras tradiciones religiosas en nuestro país.

En los funerales, no honramos a nadie prometiéndole el cielo. En los funerales, oramos para obtener la gracia y la piedad. Esto se aplica también al cardenal Danneels. A la edad de 75 años, le preguntaron qué le gustaría pedirle a Dios cuando se presentara ante él, a lo que él respondió: «Que sea misericordioso por lo que no he hecho bien». Hace algunos años, cuando se publicó su biografía, habló en público por última vez. La Iglesia se enfrentaba entonces a los abusos dentro de ella, con toda su carga de pecado y debilidad. Y, de nuevo, dijo: «Allí donde me haya equivocado, cuento con la misericordia de Dios».

Esta es hoy nuestra oración, la de todos nosotros. Con un corazón lleno de gratitud y con un profundo afecto.

Sé indulgente, Señor, con quien te ha servido con tanto amor, y acógele con amor en tu casa.

Jozef, cardenal De Kesel,
Arzobispo de Malinas-Bruselas