El Espíritu Santo, experienca de vida



El teólogo reformado Eduard Schweitzer, hablando de nuestros orígenes cristianos, ha escrito estas palabras que invitan a la reflexión ecuménica: «Mucho antes de que el Espíritu Santo se convirtiera en un artículo del credo, era una realidad vivida en la experiencia de la Iglesia primitiva».

En efecto, cada página de los Hechos de los Apóstoles atestigua su presencia, su impulso, su poder. Día tras día guiaba a los discípulos, como la nube luminosa había conducido al pueblo elegido a través del desierto. En cada página sentimos su presencia como en filigrana.

Esta «experiencia del Espíritu» tiene valor de actualidad ecuménica para todos los cristianos. Necesitamos volver a leer –juntos– los Hechos de los Apóstoles, en busca, no de una Iglesia idílica que nunca ha existido, ni por afán de primitivismo –el Espíritu Santo no queda confinado en el pasado–, sino para sumergirnos juntos en la fe de los primeros cristianos, para quienes el Espíritu Santo era un realidad primordial y personal. Haber recibido el Espíritu Santo, era algo que se veía. Y san Pablo se extrañaba en Éfeso de no percibir su huella.

Situándonos de este modo, previo a toda conceptualización y a toda formulación sistemática, por muy indispensables que lleguen a ser en su momento, nos encontramos como en nuestra tierra natal indivisa y virgen, donde es más fácil volver a encontrar el sentido de la fraternidad cristiana y de la comunión en el Espíritu Santo que era su alma.

Lo que nos sorprende de inmediato cuando nos encontramos con cristianos «carismáticos» de distintas confesiones, es el testimonio que todos comparten de su encuentro personal con Cristo Jesús que, por el Espíritu, se ha convertido en Maestro y Señor de sus vidas. Dan testimonio de una gracia de renovación interior, de una experiencia personal, a la que dan el nombre de «bautismo en el Espíritu».

Esta experiencia les ha hecho descubrir bajo una nueva luz o con reforzada intensidad, el poder siempre actual del Espíritu y la permanencia de sus manifestaciones.

No se trata, generalmente, de una conversión a la manera de san Pablo, ni siquiera de una experiencia espectacular, sino de una influencia del Espíritu Santo, experimentada de una manera señalada en su vida.

Cristianos de diferentes denominaciones atestiguan que han vivido –y continúan viviendo– una gracia de recristianización, o incluso –en el caso de los católicos y los cristianos tradicionales–, que han experimentado una nueva toma de conciencia de lo que los sacramentos de la iniciación cristiana habían ya depositado en ellos, en germen, pero que ahora invade plenamente su conciencia.

Dicen que el Señor se les ha manifestado vivo, en sí mismo, en su Palabra, en sus hermanos. Su fe renovada se expresará a través de la alegría y la acción de gracias, con todo su ser, su sensibilidad y su espontaneidad.

Se trata, en suma, de un renacimiento que tiene su origen en una experiencia espiritual bien caracterizada. Se trata, a buen seguro, de una experiencia. En otra parte hemos dicho cómo y por qué la experiencia y la fe no son términos que se excluyan, y cómo una lectura atenta del evangelio demuestra cómo se armonizan. No es éste el lugar para analizar sus leyes y sus garantías. Para nuestro propósito, basta con constatar que nos encontramos aquí en un terreno en el que los cristianos de diversas tradiciones pueden reunirse y encontrar, a este primer nivel, un substrato común. Esto es importante para iniciar un diálogo.

 

 

Copyright: L.J. Cardenal Suenens, El Espiritu Santo, aliento vital de la Iglesia, Tomo II, pp. 41-42.