El Dios de la Encarnacion – Dom Helder Camara



A fin de sostener al pueblo testigo en su fe en el Dios único, Dios envió antaño patriarcas y profetas. Sin embargo, en la ple- nitud y en el momento culminante de los tiempos, envió a su mismo Hijo, que se encarnó tomando una naturaleza humana en la Virgen María por obra del Espíritu Santo.
Dios se hizo hombre en Jesucristo.
Al venir así a nosotros, al vivir en nuestra tierra, Cristo nos trajo una revelación prodigiosa. Nos reveló que el Dios Todopoderoso y Altísimo, Padre de los hombres, quiso que llegáramos a ser en Jesucristo –el Hijo único– hijos adoptivos, llamados a participar en la misma vida de Dios.

El Hombre Dios, nuestro Hermano, quiso –como su Padre en la creación– que nosotros acabáramos la redención adquirida por él. Nos quiere «correndentores», para acabar en nosotros y con nosotros la liberación del pecado y de sus consecuencias.
Por último, el Espíritu Santo, a imitación del Padre respecto a la creación y del Hijo respecto a la redención, quiere que cola- boremos en su obra permanente de santificación. Desea que se- amos, en cierto modo, instrumentos de «cosantificación».

A nosotros, criaturas humanas, incumbe el deber de corresponder a estas iniciativas divinas que superan nuestros sueños más audaces.
En la medida en que tomamos conciencia de las riquezas de que estamos colmados, debemos hacer lo posible y lo imposible para servir, con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma, como intérpretes de la naturaleza y como trovadores de Dios.

El salmista nos ha enseñado a prestar nuestra voz a la creación entera. Siguiendo los pasos de san Francisco de Asís, estamos invitados a cantar el himno de las criaturas y a aceptar nuestra vocación de «cocreadores».
Sin considerarnos mejores que nadie, pero actuando según las larguezas de Dios, debemos:

– Presentar al Señor nuestras angustias y nuestras necesida- des en la hora de la aflicción, pero abrirnos también a la alegría de adorar al Señor, felices de que él exista y de que sea Dios.
– Esforzarnos, de una manera permanente, por dilatarnos, por superar nuestro egoísmo, por extender nuestra comprensión, nuestro perdón y nuestra apertura al amor.
– Vivir, de una manera muy concreta, el hoy del Señor en el lugar y en las circunstancias que Dios ha elegido para nosotros, intentar ser, cada vez más, peregrinos del Absoluto y ciudadanos del Eterno.
– Considerar con respeto y amor a cualquier criatura humana. Sea cual sea su lengua, su raza, su religión, el cristiano puede y debe pensar: «He aquí a un hermano o a una hermana». Puede y debe añadir: «Hermano o hermana de sangre», dado que la misma sangre de Cristo ha sido derramada por nosotros dos como por todos los hombres.

 

Extracto de: L.J. Cardenal Suenens,  El Espiritu Santo, aliento vital de la Iglesia, Tomo II, Valencia, Edicep, 2011, p. 128-129.